sábado, 6 de febrero de 2016

Monique Proulx: de auroras casi boreales y otras historias



Monique Proulx: de auroras casi boreales y otras historias


Yo leí la versión original del libro de cuentos de Monique Proulx antes de su traducción. Al presentar hoy la versión del mismo al castellano, empiezo mi alocución curándome en salud, alegando que la buena literatura siempre es traducible y tiene carácter universal: la traducción de este libro, además, es cuidada y tiene muy buena factura, por lo que el lector hispanófono encontrará en él, sin lugar dudas, el mismo cofre de tesoros que yo encontré. A los puristas que desprecian las traducciones diciendo que leerlas es como besar a través de un velo, contesto lo que siempre contesta una colega mía que escribe en galés: “Y sin embargo, es mucho mejor que no besar para nada.”
Los personajes de los cuentos que presento se quedaron conmigo un tiempo, una suerte de fantasmas, como si no hubieran querido irse y mi mente fuera un hogar adecuado para ellos, una morada sustituta donde alojarse tras su huida de las páginas de un libro. No sé si eso habla bien o mal de ese remedo de morada que es mi mente, porque casi todos los seres humanos que pueblan Las auroras montreales son personajes que yo llamaría liminares. Son gente que se mueve en lugares parecidos al limbo – que según la Iglesia católica ya no existe –  , en la periferia de lo que la sociedad considera ad hoc: una niña apenas núbil que vende favores sexuales en las calles de Montreal; un solitario que tiene que llevar su gata moribunda al veterinario y se enfrenta con un duelo que le trae un pesar desconocido ; un inmigrante latinoamericano que por primera vez en su vida ve caer nieve, y pasada la emoción de la novedad, tendrá que adaptarse a un Primer Mundo ordenado, aséptico, sin hambre pero sin color, y con el ronroneo de un refrigerador como único ruido; una muchacha que con el trasfondo político del referéndum para la independencia de Québec tiene que despedirse de uno de esos príncipes azules que se destiñen a la primera lavada ; un vendedor de zapatos anónimo en su momento de gloria porque trató de salvar una suicida que se dejó caer en los rieles del metro ; un huérfano que llama desde un teléfono público a mujeres que no conoce, y cuyos nombres empiezan sucesivamente por las letras del alfabeto porque no se atreve a hablarle a la que realmente importa; un don nadie que no es lo suficientemente elegante como para que una empleada le cambie un cheque.
Aquí no se trata de los personajes de Borges, escasamente liminares, protagonistas de sucesos extraordinarios. Los personajes borgianos se ubican siempre en el centro, no en el borde, ni la orla, ni la orilla: un aprendiz de brujo que descifra el mensaje oculto en las manchas de un leopardo, un incauto que descubre un hueco por donde asoma el infinito abajo de una vil escalera, un erudito cabalístico que descubre una conspiración criminal, un hombre con una memoria sobrenatural. No, los personajes de ese muy logrado libro de cuentos son desgarradores en su sencillez, su condición de excluidos, de fracasados amorosos, de huérfanos. Lo extraordinario en ellos es su desamparo: su condición liminar misma justifica que se concrete la anécdota cada cuento. Pienso, por ejemplo, en Pierrot, que debe enfrentar la enfermedad terminal de su mascota: la profundidad con que la autora aborda la arista filosófica de una pérdida aparentemente banal atestigua de una notable maestría artística de parte de su autora.       

Los animales son seres estéticos pero limitados, tienen almas toscas que no exigen un apego excesivo. Es malsano, y sin duda degenerado tener por los animales sentimientos que están reservados a los humanos. Cuando los gatos mueren, se les reemplaza por otros gatos, o por perros, más capaces todavía de acompañar al hombre en sus periplos guerreros. [Sin embargo] cada ser que muere es una pérdida irremplazable. Los seres vivos no son intercambiables. Necesitó 47 años para adquirir esta revelación que lo devasta.

El hecho de que yo me acuerde de manera vívida de este cuento tejido alrededor de una anécdota en apariencia banal mucho después de haberlo leído dice mucho acerca de la admirable pericia narrativa de su autora. Porque el cometido de la gran literatura es justamente eso: poder sacar de un dato, de un acontecimiento, de una historia mínima, las perlas ocultas bajo las valvas de cualquier dato, acontecimiento o historia. Monique Proulx sabe abrir no sólo la concha de hecho ficcional, sino también la del corazón. Pienso, por ejemplo, en el pobre diablo que quiere cambiar un cheque mientras todos los que lo observan, por su apariencia de delincuente, asumen que el cheque no tiene fondos. Recalco aquí las dos líneas finales, contundentes, del cuento:
   
Vuelve a tomar el cheque. Comprende. El cheque es bueno, sin lugar a dudas. Sólo él no lo es.

Una corte de los milagros moderna, urbana, nos ofrece esa gran cuentista que es Monique Proulx. Como todo escritor cumplido, la autora no escatima recursos literarios para seducir al lector: humor, como en el de la mujer partidaria de la independencia que tiene un amorío fallido con alguien que, políticamente, sería su contrincante de votación ; erudición e intertextualidad en las historias donde aparecen, aunque sea tangencialmente, escritores, artistas o filósofos ; poesía por la sutileza de las metáforas que ella utiliza para describir estados de ánimo, escenarios, actos ; flashbacks, como en las narraciones donde se cruzan y traslapan los tiempos ; perspicacia sicológica, evidente en las ficciones donde se enfrentan madres e hijas o amantes desunidos ; variaciones de nivel de lenguaje según los antecedentes del protagonista; diálogos, que al salpicar las páginas del libro dan a sus protagonistas un corte histriónico digno de las tragedias griegas ; simplicidad y concisión, con la que quien narra alumbra la cotidianeidad con luces de color.

               Sólo me resta recomendar efusivamente este libro: sin lugar a dudas, merece mejor destino que el que padecen la mayoría de los personajes, por muy conmovedores que sean, que le dan vida. Toda literatura, a fin de cuentas, es cuestión de palabras: si bien la materia prima del texto son las emociones, éstas no se pueden extraer del suelo del alma — tanto del escritor como del lector — si son imprecisas, superficiales  o superfluas. Cuando es así, nace un texto mediocre. De no ser como flechas, las palabras no dan en el blanco. Monique Proulx, con los diálogos de sus personajes y sus propias reflexiones — ya sea en calidad de narradora omnisciente o a través de confesiones escritas en primera o segunda persona — entendió exactamente lo que quería decir otro de los grandes en ese oficio que es ser artista y escribano, Louis-Ferdinand Céline, cuando en Viaje al fin de la noche, dijo esto acerca de las palabras: Las palabras, pues las hay que se ocultan entre las otras, como guijarros. Uno no las reconoce en especial, pero helas aquí, y de repente lo hacen temblar a uno, estremecen toda la vida que le pertenece a uno [...]. Entonces entra uno en pánico ... Hay una avalancha ... Uno queda como un ahorcado colgado encima de las palabras ... Es como una tormenta que llegó, que ya pasó, demasiado fuerte para usted, tan violenta que nunca la hubiera creído posible sólo con eso de soltar sentimientos ... Así que uno nunca desconfía lo suficiente de las palabras, ésa es mi conclusión. 
Si los minúsculos héroes de Las auroras montreales no fueran tan anónimos, tan liminares, casi diría que tienen el poder de causar la avalancha a la que aludía Céline. Y si tiene razón Antonio Porchia con su aforismo que dice Las pequeñas cosas, al ser tocadas, casi siempre sobreviven; no así las grandes cosas. Pues Monique Proulx, con sus pequeñas cosas, sí logra provocar un alud en el alma de sus lectores. Y no hay mejor alud que el que desencadena una gran obra de arte.

Petit portrait de la narco-violence au Mexique en 2012



PETIT PORTRAIT DE LA NARCO-VIOLENCE AU MEXIQUE EN 2012

Le mythe de la boîte de Pandore est plus actuel que jamais. Dans un pays habité au nord par el désert et au sud par la jungle et les plantations de café, quelqu’un a soulevé le couvercle. Soudainement. Si soudainement que des régions paisibles il y a 4 ans sont devenues en 2011 un no man’s land parsemé de villages fantômes.
            Le Mexique a la chance et la malchance de partager une frontière longue de 300 kilomètres avec le pays le plus puissant au monde, qui est aussi le plus gros consommateur de drogues fortes sur la planète. Un marché faramineux où coulent l’or et la myrrhe, et auquel s’ajoute celui de la contrebande d’armes. On estime que des milliers d’armes traversent la frontière américano-mexicaine tous les jours.
            La violence que ce trafic a engendrée (beaucoup estiment que les 40,000 morts officiels que recense presque pudiquement le gouvernement mexicain en 2011 ne sont que la pointe de l’iceberg) suit la route qui part de la Colombie et qui aboutit aux points de distribution des États-Unis, et du monde entier. C’est pourquoi, parlant violence, il faut immédiatement se demander où au Mexique : Ciudad Juarez, qui est collée à la frontière avec le Texas, ce n’est pas Mérida, au sud-est du pays, où il y a rarement des exécutions. L’état de Michoacán, où un cartel home-made, La Familia, terrorise la population depuis quelques années, ce n’est pas la même chose que Campeche, qui vit encore sous le baume tropical de ses plages presque vierges et ne se trouve nullement sur le chemin de la contrebande.
Une route de la soie moderne dont les caravanes ne sont pas conduites par des Bédouins, mais par des commandos armés jusqu’aux dents, traverse le Mexique. L’arme de prédilection de ces criminels, la mitraillette AK-47, s’appelle au pays de la tequila, poétiquement, un cuerno de chivo (corne de chèvre). Ce qui est indéniable, c’est que cette violence inouïe a tendance à émigrer vers le sud, et que de plus en plus d’états parmi les 32 entités fédérales qui composent la république mexicaine, voient leurs morgues devenir surpeuplées.  
            Les pays riches se scandalisent des nouvelles faisant état de cadavres décapités, de tueries d’un sanguinaire dépassant la science fiction, mais ils représentent la majorité des consommateurs de substances où pour trois dollars, par exemple, grâce à une pilule de crystal meth, on peut acheter l’illusion d’une vie sans limites que l’on conduit comme un bolide, au faîte du plaisir. Pourtant, ce sont elles, sociétés blanches et ordonnées où règnent l’état de droit, qui sont indirectement responsables d’un tel carnage et qui alimentent cette violence, par leur consommation d’agrément qui finit souvent en pharmacodépendance. Mais dans les champs de neiges du Québec ou de la Scandinavie, dans les discothèques de Barcelone ou les ghettos de New York, on est bien loin des fosses communes que l’on découvre régulièrement au Mexique. On peut tranquillement fermer les yeux et tourner la tête. Les banques, le marché immobilier et hôtelier, les concessionnaires automobiles des pays trafiquants, peuvent, eux aussi, faire semblant que le blanchissage d’argent n’existe pas, tous comme les producteurs d’armement, majoritairement originaires de pays riches, voient assurée une demande croissante de leur marchandise.  
Qui donc est le plus coupable, celui qui prend la route du crime parce que son pays vit dans la stagnation économique depuis 2 générations, ou celui qui —loin des yeux, loin du coeur— blanchit de l’argent, consomme ou vend des armes?

Quelques poèmes de ma plume



Personnages historiques


Aux Ulysses, aux Pénélopes,
aux Caïns et Abels et aux Christs
en quête de voyages, de métiers à tisser,
                   de guerres fratricides
et de croix où accrocher l'âme pour la saigner à mort,
              à chacun d’entre eux
qui encombrent ton enceinte vermillon,
je donnerai une voile, une aiguille à tricoter,
un poignard et un verbe
pour qu’ils aillent frayer leurs échafaudages
                        dans les eaux de ta maison.

Souvenirs d’enfance


Maman:
je te vois encore passer dans le ciel
chevauchant ton balai,
ta longue chevelure d’argent
comme la queue d'une comète
        filant en trombe entre les nuages.

Et voilà le mari
avec ses cheveux bouclés
             et sa barbe noire,
qui parfois, certes, lui aussi,
        me regarde
comme toi-même tu me regardais.




Ta peau


               Ta peau une terre brûlée d’un horizon à l’autre.     
               Et sur les draps alors lumineux, devenus désormais linceuls, le fleuve en crue ayant servi de sillon pour le semis de tes mains.
               Ta peau coupée en lamelles par le rasoir du temps.
               L’heure répandue par le goulot de la clepsydre, cette si petite heure d’un calendrier véloce où toi et moi avons fait naufrage à bord de l’arche s’étant formée sous nos deux corps, avec ses animaux de terre ferme et tout.
               Le lit a disparu, effacé par la lumière, et nous sommes partis à la dérive, perdus dans ce premier océan de Dieu, versé bleu avec ses vagues et le sel et tout, dans le branchage de nos veines.
               Vif-argent d’une mer évaporée en une seule nuit, et les oiseaux à bord, les lions et les insectes, stridulations et rugissements, battements d’ailes dans la cage thoracique ouverte de nos corps.
               La lune, accrochée au plafond, pendait au bout de son fil, étrennant son premier quartier sur la voûte céleste de la chambre, perle noire oscillant sur un ciel de soie blanche.
               Et ta peau, ta peau huit heures durant, tissée sur la mienne par la tisserande inlassable des minutes, en ce rouet né d’une chrysalide filant la laine de tes mains sur le galbe de ma cuisse.

Bourdonnements et croassements au moment de l'échange


Insectes qui volent en bourdonnant de ton corps au mien. Vent qui croasse à l’orée du champ d’asphodèles qui nous sert de lit.

Des yeux de porcelaine incrustés dans les arbres nous voient échanger des antiquités à la lumière d'un clair de lune plus brillant que celui de la veille.

Le troc suit son cours: nos squelettes deviennent chauds, incandescents, ils resplendissent à blanc comme aux forges des fers à cheval chauffés à blanc.

Le soleil, compact dans son corsage de lumière, obéira à son horaire en faisant tomber la lune à l'aube, mais entre-temps, où battait donc cette chose, si hors de sa place habituelle? Je la vois sursauter,  effrayée dans cette partie du corps où normalement on cultive des pierres ornementales en les arrosant d'eaux miraculeuses.

Les battements continuent de plus belle, ils résonneront jusqu'aux matines; peut-être les dernières heures de pénombre passeront-elles à travers le chas de l'aiguille qui nous reprise un sur l’autre, et nous donneront-elles un tremble, un lapis-lazuli en cadeau, une fontaine improvisée où y laver nos cheveux.

On y est presque: nos visages, éclairés de l'intérieur par le lattis des os en ébullition, tomberont bientôt sur nos genoux, mais le jour ne se lève pas encore, et aucune tempête, aussi violente soit-elle, ne pourrait les arracher maintenant.


Armistice


Je suis debout, les mains vides, et le poignard, la lame, le fouet, le maillet, le couteau sont éparpillés sur le sol à mes pieds. Tiges de blé avant que n’arrive la glaneuse.

L'ange —aile pâles d’albatros noir— n’a pas l’air de quelqu’un qui est armés d’armes blanches dans ses poches. Il n’a pas un regard de tueur. Mais il se penche avec une telle élégance (mon Dieu, le tableau d’un Madonne de Botticelli Madonna aux yeux vénusiens) que je pense tout de suite: il va aller cueillir des fleurs, une douzaine de chrysanthèmes pousseront instantanément sur les dalles en céramique, et lui, par clairvoyance, il anticipe la floraison miraculeuse.

Mais non : comme dans tour de passe-passe, la paume ouverte sur les objets de violence, fait avec eux un bouquet, comme un paquet d’asperges ou de marguerites, un fagot de bois.

D’où je suis, je le vois les jeter dans les eaux du lac, comme qui, après avoir commis un crime, effacerait les empreintes digitales ou les traces de poudre à canon sur la poignée d'un pistolet. Je m’aperçois qu’il me les tend avec douceur et je fais un pas en arrière.
Amour, brouillard, tant de choses en suspension. Lui, il ne bronche pas.
Une moelle de lumière lui fait une coupure sur la joue droite.
           
           







Un cuento de mi libro "De icor y granito"



DULCES

El departamento donde vivía el muchacho, un total desconocido, estaba en un edificio aledaño, dentro del complejo habitacional donde vivían las dos niñas. Caramelos: lugar común, recurso de película trillada. Pero era el único ardid que conocía el muchacho.
            Las dos niñas lo siguieron obedientes. Habían aprendido muy temprano el valor de la obediencia. El muchacho introduce la llave en el hueco de la cerradura, la puerta se abre. No necesita a dos niñas. Con una basta, y de las dos (otra vez no brilla por su originalidad) escoge a la mayor, la rubia de ojos azules. Azules parpadean bajo la pradera nevada que cae sobre hombros diminutos en forma de cabello fino, muy lacio, más lacio que el de su hermana. La otra niña, una brunette que es todo ojo, no está a la altura de su fantasía. No es que no sea bonita: las dos niñas son monas, limpias, bien vestidas: se ve que la madre es responsable. Pero si el diablo lo ha de llevar, que lo lleve en Cadillac.
            El muchacho voltea hacia la niña menor, la brunette cuyos ojos parecen dos faros negros custodiando un rostro blanco, y le entrega los dulces. Puedes irte, le dice: ambos —la niña y el muchacho— han conseguido su botín. La hermana, explica el joven, se quedará con él un poco más. Así fue que la menor regresó a casa y le contó lo sucedido a la madre, mientras abría la manita para enseñarle los caramelos. La madre la increpa. ¿Dónde? ¿En qué departamento? ¡Acuérdate qué puerta era! ¡Dios mío, hay que hablarle a la policía! La niña de seis años no entiende qué tiene que ver la policía con un puñado de dulces entregados con sonrisa benévola. Pero tiene buena memoria, y encuentra el camino a casa del muchacho entre todos los pasillos que constelan el unidad habitacional. La madre toca como posesa la puerta señalada al mismo tiempo que le ordena a la chiquita correr de regreso al departamento y encerrarse sin abrirle a nadie hasta que llegue el padre. 
            La niña rubia está en la sala con el muchacho. La madre irrumpe en el departamento (en su precipitación el muchacho ha olvidado cerrar la puerta con llave) y se abalanza sobre su hija, vestida aún. La toma suavemente del brazo y empieza a interrogarla, mientras mantiene al joven a rayas. “¿Qué te hizo, hija? ¡Habla por favor!” “Nada, mamá. No me hizo nada. Sólo me enseñó cosas”. “¿Qué cosas? ¡Dime por el amor de Dios!” “No me hizo nada, mami, sólo me enseñó cosas…” “¿Qué cosas?” “Sólo se bajó los pantalones, mami.” “¿No te tocó?” “No, sólo se bajó los pantalones. Yo sólo miraba los caramelos”. “¿Segura?” “Sí mamá, está loco, sólo se bajo los pantalones”.
            En la noche la otra niña, la que delató al secuestrador en ciernes, escucha sin entender bien a bien por qué tanto alboroto en casa. Se acuerda todavía del sabor de los dulces. Se siente decepcionada de no haber sido elegida. Se siente fea, y jamás antes había deseado con tanto ahínco ser una rubia de ojos azules como su hermana mayor. Durante días, los padres discuten acaloradamente. “¡Tienes que denunciarlo!”, clama el padre. La madre, ante las objeciones del padre, sacude la cabeza. Defiende al agresor: el muchacho es un rechazado, viene de casas hogares, es uno de los suyos. Ella sabe lo que es llorar a solas en la cama de un orfanato, a los cuatro años, y que nadie acuda. No va a hacer que encarcelen a un crío. La sociedad no enjaretará antecedentes penales a quien ya pagó su deuda en lágrimas a lo que los griegos llamaban las Moiras. Por muy infractor que sea, el joven ya saldó su adeudo en el banco invisible de los acreedores cósmicos. No ha tocado a su hija. Por muy madre que sea, no lo denunciará. “Siento que con haber amonestado al muchacho (No lo vuelvas a hacer nunca, ¿me oyes?), basta. Estoy segura de que mi advertencia surtió efecto, que el muchacho recapacitó”. El Ángel de la Misericordia se antepone al Ángel Exterminador; le bloquea el camino extendiendo el brazo o desplegando el ala en forma de escudo. Una mejilla golpeada, la otra intacta.
El padre protesta vehementemente: la hija menor lo oye decir atrás de la puerta que no está de acuerdo con el veredicto de inocencia. “¿Y si vuelve a hacerlo? ¿Si la siguiente vez va más lejos? Esto no es la novela de Tournier, El rey de los alisos, donde un pedófilo en potencia se rodea de niños, pero no les hace nada”, alega el padre, que es profesor de Literatura. “Yo no conozco esa novela”, contesta su esposa, “pero te digo que la cosa no va a pasar a mayores. El chico ya aprendió su lección”. “¿Y si llega a matar a una criatura? ¡Tienes la obligación de denunciarlo! No te puedes mirar en el lago bruñido que es la vida de un muchacho infeliz, aficionado a las niñas chiquitas, y no decir nada, por Dios, mujer! Yo mismo voy a ir a la policía”. “No sabes dónde está el departamento”, respiga la señora, “y no metas más a tus hijas en eso. Tal vez el muchacho sólo quería un testigo, imparcial por ser tan joven, de su virilidad,”. “¿Testigo una niña de siete años? ¡Pero estás loca de remate! (o “testiga”, qué misóginas las lenguas latinas, piensa la madre, que sólo quien es portador de testículos pude dar un testimonio fidedigno). “¿Quién sabe qué iría a hacerle a María si no llegabas tú!” “¡Sí, testigo, querido, sólo quería eso el muchacho; no iba a violar a nadie!” “¡Esto no se va a quedar así, mujer! Te inclinas en la superficie calma del agua que es la vida de un muchacho poco favorecido por el destino, y sólo ves tu propio rostro. No ves a niñas asesinadas por un pervertido que gracias a tu silencio va a eludir la cárcel preventiva. ¡No piensas en los dulces listos para ser repartidos a otras criaturas incautas por ese puerco, y no me importa que sólo tenga 16 años!!
            La hija menor se durmió al compás de la discusión inexplicable que se había desatado entre los padres. No entiende las palabras “testigo”, “incautas”, “violadas”, “cárcel preventiva”. Sólo sabe lo feo que se siente, a los cinco años, no haber sido elegida como la más bonita.

Seís poemas



Horario


Pon la hora correcta;
mueve soles y manecillas
al compás de la traslación.

(“... Arreglen el reloj. Un reloj que no camina causa
mala impresión. Uno piensa: Aquí todo marcha mal.”)

Si “el objeto es el reposo de la potencia que lo desea”,
esa máquina de atrapar el tiempo
                                  saturninamente precisa
                      soy yo dentro de ti.


Rutilo

Rutilo: punto de fusión 2.378,2 K. Soy hermana de leche de Gregorio Samsa: como él, no sé en qué tribunal me condenaste, qué cargos fueron retenidos en mi contra. Y en ebullición, nuestros corazones en la caldera de la madrastra se descomponen para formar sesquióxido de titanio. Me gusta la palabra: sesquióxido, sesquicuadratura. Tú, papá, que fuiste químico, sabes que el rutilo sirve de base azul para colorantes  automotrices y vuelve amarilla la joyería artificial. Rutilo amarillo tímido, como un sol que brillara hacia adentro. Sabes que con su red cristalina tetragonal distorsionada, el rutilo exhibe un módulo de tensión de 4,1 TPa/cm2 (y nuestros propios módulos de tensión, Dios santo, ¿quién los veía?), dureza que lo hace útil para los cortadores de vidrio (la madrastra es buena cortadora, corte que corte, nada de mies, ni siembras al volateo). En 1951 (me faltaban ocho años para nacer) el rutilo se utilizó como sustituto del diamante (¿me das un diamante, aunque sea de mentira?) y ahora para gemas de fantasía. Gemas (de gema, fui a fruto; de fruto a pupa; de larva a semilla de algo que ni tú, ni yo, sabemos para qué sirve, qué criatura saldrá de ahí hirsuta o espinosa). Sea yo, entonces, como el rutilo que resiste al ataque químico (sólo pueden dañarlo el ácido fluorhídrico y el sulfúrico, concentrado y en caliente). De esos ácidos, papá, has recolectado hartos en tu cama en los últimos años, los del amanecer-ocaso, y ni el agua regia te podría disolver. Aguas regias sean nuestro medio de nado, nuestro elemento (“regia”, de “reyes”, de nuestro apellido, Roy, que casi ha dejado de ser mío). Pero el papiro del título de nobleza se va desdibujando con los siglos de convivencia. Y el rutilo, acuérdate, padre, es insoluble en agua.


Dulces recuerdos de infancia


Mamá:
te veo pasar aún por el cielo
            montando tu escoba,
tus largos cabellos de plata
como la cola de un cometa
entre las nubes.

He aquí el esposo,
con su pelo ensortijado y su barba negra,
que de pronto, sí,
                        me mira
                                    como tú mirabas.


La pupila cosida con sedal

La pupila cosida con sedal
y las imágenes que se enganchan
en el corchete del iris
como peces que mordieron el anzuelo.

Un espejismo en el espejo, casi.



Tintero de vitriol


Una carta. El veneno que embebe las letras.
Buitres dando vueltas encima del escritorio
como papirolas. Tintero de arsénico
donde remoja la punta en bisel de una pluma 
que perdió un ganso (¿o sería un cisne,
como en el mito de Leda) dos siglos atrás,
antes del bolígrafo: dos siglos de odio
con las palabras bañando en su propio ectoplasma.
Un ganso desplumado, y una carta de insultos:
triste noche de aluviones, baile nupcial de adjetivos
(ah, las hermosas libélulas de las letras)
para los que el diccionario de hoy se queda corto.




Camisa de fuerza

Me sostenían contra la pared 
con una camisa de fuerza
                 hecha de terciopelo,
enguantados los tres en terciopelo,
enfermeros improvisados. 
Los tres veían en la vestimenta de sus manos,
en el velmez que me cubría el pecho, terciopelo. 
Yo no: en lugar de terciopelo, sayal. O cartón. 
O cáscara de chayote.
Para las princesas de los cuentos es el terciopelo,
no para las niñas huérfanas.

De huérfana, yo pasé a apátrida: 
retruécanos del azar, 
desliz mío por algún hueco mal custodiado. 

Pegada yo todavía a la pared, 
los tres aún intentan ponerme la mordaza. 
Bonito lío, esa operación de amordazar a un mudo, 
mudos callando a una muda.
Pero la mordaza pasó de freno a listón translúcido, 
de cerrojo bucal colado en hierro a guirnalda invisible. 
Ellos no advirtieron la metamorfosis de la mordaza,
que veleidosa iba cambiando de aspecto
según el ángulo de la luz.
Y al rato cayó la mordaza, 
como la escama de un reptil que muda de piel.
Ellos la recogieron espantados y me la volvieron a poner.
Papá jamás fue hábil para colocar mordazas, 
otros eran sus dones. Hoy escribo.
 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Del plumero al bisturí: Manuel Días Martínez



Del plumero al bisturí: Manuel Díaz Martínez

por Françoise Roy

Una personalidad es una nutrida reunión de
oradores y de grupos de presión, de niños,
demagogos, Maquivelos...Césares y Cristos...
Henry A. Murray
Los personajes de Manuel Díaz Martínez (son héroes enmascarados: enarbolan un papel a menudo opuesto al que la tradición les asigna. Así, Dios es ignorante, y para colmo, fue creado por el Hombre (menuda tarea si hay una). Pocos se salvan de ese revoltijo de identidades: el filósofo, que debe llevar en alto la tea de la sabiduría, es liendre; el poeta, máximo representante de los mundos invisibles, no es sino un mitómano que miente como respira. Tampoco escapan los objetos, tan inanimados, a esa deliciosa tergiversación de papeles; un plumero sirve para azotar, el mármol —símbolo por excelencia de lo inmutable—se torna “reposado” (pienso en una tequila, un brebaje que dejó asentarse en el fondo las sustancias, la pez que lo componen).
Las formas tampoco se salvan de ese juego de espejos que cautivará al lector. A veces, la rima, de la que los poetas contemporáneos rehuyen como de la peste bubónica, es justamente el recurso predilecto de Díaz Martínez. O bien, el poema —revestido como debería serlo de la solemnidad del lenguaje metafórico— es rayano con el sonsonete o la copla, canción de cuna casi. En el cuerpo de sus estrofas, las personas gramaticales también padecen, no, ofrecen más bien como una dádiva, trastornos de identidad: la segunda persona, que encabeza muchos de los textos, de pronto deviene primera y tercera, de tal suerte que los poemas se antojan como un largo monólogo o diálogo del autor —con ese tiovivo de personas que cumplen con los papeles de otros, uno ya no sabe cuántas son uno mismo—. Vibrante himno a los dioses tutelares: la muerte (que sí conoce a uno), el padre (que ahora se reduce a cenizas), la madre (a quien se le escribe desgarradamente: “Te sigo escribiendo y tus cartas no regresan./¿Querrá esto decir que están dando en el blanco?/ Ninguna me han devuelto con el cuño/ Fallecida/O Cambio de domicilio”), los antiguos enemigos a los que el autor ya da permiso de perdonarle pues “a nadie lapida ya, a todos abraza”. ¿Una confesión que trae escondida dentro el puñal?
Parte de su obra se antoja una plegaria que empieza bien, solemne, y de pronto, bajo la pluma agridulce (y que peca de lúcida) de Díaz Martínez, se enturbia para acabar siendo irreverente, una hábil refutación que interpela a medio mundo, desde Yuan Pei Fu hasta Bécquer. Nadie queda incólume. En ese papel de renegado, este gran poeta cubano le rebata a Quevedo sus ahora epígrafes (¿mediante qué extraña alquimia los versos se vuelven epígrafes?) según los cuales la muerte sólo es para uno: “No estoy de acuerdo, don Francisco:/no sólo muere uno para uno:/para muchos, o para todo,/morimos.”
En una poesía de factura tan exquisitamente coloquial, alejada de los preciosismos de los que, sospechamos, se burla él a carcajadas, no podía estar ausente el humor, la sal terrea de la poesía. No he contado las 8760 horas del año 1995, pero Manuel Díaz Martínez sí. Contaduría implacable, a la par del preciso escalpelo de ideas que él pasea peligrosamente sobre el intelecto y la sensibilidad del lector, arriesgando cortarlo en cada página leída. Su poemario Paso a nivel, por ejemplo, es ambrosía que, imperceptiblemente, envenena; belleza tan deslumbrante que deja a uno ligeramente ciego. Y como dice el protagonista de Disgrace, la novela de J.M. Coetzee: “[…] en mi experiencia la Poesía te habla a primera vista o no te habla para nada. Un fucilazo de revelación y un fucilazo de respuesta. Como el relámpago. Como enamorarse. No cabe duda que Manuel Díaz Martínez, en lo que a sus lectores se refiere,  ha entendido eso desde hace mucho.

La mexicanidad de Ramón López Velarde



La mexicanidad de López Velarde


Dentro de los quehaceres humanos, el arte a menudo se reviste, en la conciencia popular, de un manto de santidad. Cuando bien le va, y no es ignorado por sus congéneres, el artista es visto como un profeta, aunque sea profano; el que está a la vanguardia de la Historia; el que entiende y ve lo que otros no están facultados para ver o para comprender. En ese proceso de endiosamiento, se nos olvida que la Literatura —una de las bellas artes con “b” minúscula porque no recurre a la imagen estrictamente mental que alude a un mundo ideal— es ante todo una institución. Y como toda institución, está ligada al aquí y ahora del país donde florece. También operan en ella, una vez institucionalizada, los mecanismos de inclusión y exclusión que son la característica de cualquier sociedad humana. Digo “humana” porque los gorilas y los delfines, por muy inteligentes que sean, todavía no llegan a producir textos literarios o a pintar cuadros. Broma aparte, los países, sobre todo cuando están en proceso de forjarse una identidad nacional, necesitan figuras clave que den fe de su sensibilidad particular, de su creatividad, de su alma. Ramón López Velarde, independientemente de la calidad de su obra poética —que es innegable— cumplió esa función para el pueblo mexicano. Él se convirtió —casi en vida, apenas póstumamente— en poeta nacional, y es para México lo que serían Jacques Roumain para Haití, Hector de Saint-Denys Garneau o Gaston Miron para Québec, Naim Frasheri para el mundo albanoparlante, Neruda para Chile, Dante Alighieri para Italia, Goethe para Alemania, Cervantes para España, Shakespeare para Inglaterra. Es más, hablando de Saint-Denys Garneau, que hoy es poeta nacional, debemos recordar que al fallecer él, más o menos a la corta edad a la que falleciera López Velarde, nadie daba un centavo por su obra, y lo poco que él había publicado había recibido duras críticas o indiferencia de parte de los literatos de su tiempo.  
En ese afán de buscar seres impólutos que resignifican el orgullo y los símbolos nacionales, se nos olvida que los poetas son criaturas encarnadas. No llegan al mundo como si éste fuera una tabula rasa lista para ser grabada con toda libertad, sino como personas que habitan un período histórico específico, y cuyas vidas serán muchas veces torcidas o beneficiadas por los acontecimientos de su tiempo. Pensamos en Leopardi, que sufrió en sus poemas épicos y nacionalistas la invasión de Italia; en Gogol, que tenía que escribir en clave para no ser mandado a un antecesor del GULAG, por las lejanas nieves de Siberia; en García Lorca, que no pudo vencer la máquina de censura de la derecha española que se resuelve por la muerte. López Velarde también dejaría en sus versos la huella de su tiempo, y viceversa. ¡Quién como él para escribir estos versos inaugurales de La suave patria!
Patria: tu mutilado territorio
se viste de percal y de abalorio.
Suave Patria: tu casa todavía
es tan grande, que el tren va por la vía
como aguinaldo de juguetería.
Y en el barullo de las estaciones,
con tu mirada de mestiza, pones
la inmensidad sobre los corazones.
            Y sí, López Velarde llegó en tiempos turbulentos del país que le diera luego el honroso título de “poeta de la Revolución Mexicana”. Sabemos que apoyó abiertamente las reformas políticas preconizadas por Francisco I. Madero, a quien le tocaría conocer personalmente en 1910. De aspirante a sacerdote a abogado, dejó su cargo de juez pueblerino para trasladar a la capital nacional con la esperanza de que Madero le diera un puesto de confianza. Madero probablemente no vio con buenos ojos el que López Velarde hubiera salido de un seminario y profesara un catolicismo militante y por ello, de seguro, no lo recompensó con un puesto de índole cultural. No hay que dudar que no le pareció al espiritista Madero la religiosidad de López Velarde que encontramos en versos como éstos:
Hoy que la indiferencia del siglo me desola
sé que ayer tuve dones celestes de contino,
y con los ejercicios de Ignacio de Loyola
el corazón sangraba como al dardo divino.

Feliz era mi alma sin que estuviese sola:
había en torno de ella pan de hostias, el vino
de consagrar, los actos con que Jesús se inmola
y tesis de Boecius y de Tomás de Aquino.


Tal vez porque aún no sabía que tenía que cuidar su estatus de poeta nacional, López Velarde no tuvo palabras tiernas hacia ciertos próceres y semi próceres (es decir, los que no quedaron ensalzados en los libros de Historia aunque jugaron un papel fundamental en cambiar la cara de su país). La llegada al poder de Victoriano Huerta —que lleva mal su nombre de pila porque quedó en los anales mexicanos como un traidor, no como un victorioso— incitó a López Velarde a dejar la capital, decepcionado de no haber sido elegido por Madero (una capital donde regresaría en 1914), y puso un bufete jurídico en San Luís Potosí. Con el mandato de Venustiano Carranza, se apacigua el país, pero la Suave Patria no sería lo que es si el poeta hubiera empezado a escribir en tiempo de paz, si no hubiera sido un provinciano criado en una república en busca de su identidad nacional. 
No todos los genios literarios ingresan en vida al panteón de los que son reconocidos como portadores de la antorcha verbal de su país. De los que son vistos cruzando como cometas los cielos nacionales. Portugal no le dio funeral de Estado a Fernando Pessoa, como lo hiciera Francia a la muerte de Paul Valéry, por ejemplo. Los factores que determinan la fama y la adopción por un pueblo de un artista emblemático, un testigo de su espíritu, son complejos, y a menudo misteriosos. A López Velarde le tocó rozarse, aunque fuera en papel, con un intelectual de la talla y de la fama de José Vasconcelos. ¿Qué otro Secretario de Educación recuerda uno en la historia de México que no sea Vasconcelos? Fue éste quien dictaminó que se le debía tributar honores al fallecido López Velarde en calidad de poeta nacional.
Uno se puede preguntar qué otras obras maestras hubieran salido de la pluma y del tintero de López Velarde si no hubiera muerto tan joven. Como escritor, uno sueña con algo parecido a un cronómetro para un corredor de cien metros o al equivalente de una cinta métrica para un saltador de longitud. Algo que establezca objetivamente quién es un genio y quién no. Pero pese a las ínfulas del mundo artístico acerca de su sapiencia en cuanto al valor de las obras, la apreciación o la calificación de la obra de arte es veleidosa. Obedece a múltiples factores, de tal manera que la que es considerada por muchos críticos como la obra maestra de López Velarde, Zozobra, recibió, por ejemplo, duras críticas de parte de quien fuera el poeta del momento en su tiempo y espacio, es decir, González Martínez. ¡Qué poemas todavía no escritos se habrá llevado el genio de Jérez, Zacatecas, si no hubiera muerto de bronconeumonía a la escasa edad de Cristo cuando fue puesto en la cruz! ¡Qué versos hubiera tejido el que Xavier Villaurrutia consideraba el Beaudelaire mexicano!
Gran intérprete del deseo, gran artífice del modernismo literario, inmenso bardo que fue capaz de meter a Dios Padre y a Eros en el mismo verso sin que éstos se aniquilaron mutuamente, López Velarde también ha sido comparado con el francés Jules Laforgue, el argentino Leopoldo Lugones o el uruguayo Julio Herrera y Reissig. Su obra, como la de de José Juan Tablada, a quién admiraba mucho Lopez Velarde, se inserta casi perfectamente, como pieza diminuta de los engranajes de un reloj, en ese limen de transición entre modernismo y vanguardia. Y no sólo fue poeta que supo expresar eso que los que le sucedieron llamaron “modernidad”, sino poeta del amor al terruño. Pues López Velarde cantó como pocos mexicanos su cariño a las raíces que hurgan en la tierra donde uno, por un azar, un azar producto de las Moiras griegas, de las doncellas del destino. Esas raíces con las que se funde el cuerpo después de la muerte. 
Diré con una épica sordina:
la Patria es impecable y diamantina.
Suave Patria: permite que te envuelva
en la más honda música de selva
con que me modelaste por entero
al golpe cadencioso de las hachas,
entre risas y gritos de muchachas
y pájaros de oficio carpintero.
Patria: tu superficie es el maíz,
tus minas el palacio del Rey de Oros,
y tu cielo, las garzas en desliz
y el relámpago verde de los loros.
¿Quién, entre los nacionalistas de su tiempo, podía quedar impávido ante esos versos donde la tierra natal casi aparece como una novia?